martes, 27 de julio de 2010

Hey Profe

A propósito de la columna “Los hondos latidos de la vida” de Oscar Tulio Lizcano. El Colombiano, página 5 sección A de julio 4 de 2010. (e-mail: oscartuliolizcano@hotmail.com)

Profe, ¿uno se puede bañar en el triángulo de las Bermudas?

Preguntaba un estudiante de Comunicación Social y no era un “primíparo”, condición que posiblemente lo podría salvar de algún estigma, pues sería más sencillo para él simplemente decir, “acabo de salir del colegio”.

Esta pregunta también la podría haber formulado Jofre, Pelusa o Baltazar en la “escuela” que el primero hacía construir en la selva para discutir y comentar todas las mañanas las noticias emitidas por los medios de comunicación nacionales. A cambio de radios, estudiantes y guerrilleros, gente de monte como la mayoría de los colombianos, tienen ahora la facilidad de la televisión, de hecho, para resaltar su importancia recuerdo que hace unos años un amigo, haciendo antropología en la Serranía de San Lucas, santuario del rojinegro que le apunta a la liberación nacional o a la muerte personal, fue retenido por sus patrulleros, muchachos jóvenes, fuertes, quemados por el sol, recios y desconfiados. Mi amigo fue conducido a un campamento, tal vez una ciudadela con calles debidamente trazadas y todos los servicios necesarios para su población. La sorpresa, contaba el antropólogo con admiración: ¡Hasta tenían televisión internacional!

Al estudiante de Comunicación Social le surgió la inquietud viendo un programa en el canal Infinito, desde el colegio le llamaban la atención esos enigmas por lo que en el canal televisivo encontró un gran aliado para sus estudios universitarios (educación superior que llaman) que complementa, lo del canal, con las consultas en la red de redes.

Otro amigo, que se gana la buena vida que se da, como ingeniero electricista (es de los buenos) me afirmó cierto día, antes de unas cervezas aclaro, que su carro “no tenía cables de alta” situación que me hizo pensar que electricidad y mecánica no parecen ser amigas y que ingeniero no significa tener “ingenio”. Aquí mismo en mi casa requeríamos demoler una gran roca que no hacía juego con la construcción y consultamos a varios profesionales, sobre todo aquellos que tenían vínculos con la minería y todos llegaron a una misma conclusión: volar la roca afectaría la casa por estar a escasos 150 centímetros de distancia y los daños causados nos “volarían la piedra” a nosotros.

Esta roca finalmente la “quemó”, como se dice en el gremio, un hombre de campo que heredó el oficio, no la profesión, de su padre. Nunca dijo nada de daños en la casa y tampoco los causó. Utilizó superanfo, un explosivo que viene en granulitos, cargando en cada una de las más de 80 perforaciones cantidades “a según se necesite” y encendiendo con una tranquilidad monstruosa las mechas respectivas. A él simplemente lo conocen como William “El minero” y por sus proezas bien podría figurar en el programa “Cazadores de mitos”.

En la Vereda Chichimán al noreste del departamento de Sucre, cerca de Cartagena por mar y con una vía transitable únicamente en verano desde la población de San Onofre, hace unos años un grupo de niños le preguntaba a los mayores ¿dónde está el sol cuando es de noche?. La respuesta que escuché me recordó que a Galileo Galilei casi lo convierten en carne asada por defender el postulado copernicano del movimiento de la tierra alrededor del sol. Con una linterna representando al sol y una pelota como la tierra, pude mostrar que es ésta la que se mueve generando así el día y la noche y los niños y los grandes, campesinos sabaneros de la zona de Ovejas, cultivadores de tabaco y ñame, llegados a la orilla del mar y convertidos en pescadores a la fuerza, siguieron preguntando más y más toda la noche sobre las estrellas, la luz, el espacio…

A dos encantadores sobrinos ajenos les pregunté qué era lo que más sabían producto de sus años en el colegio. Uno con mucha prestancia atinó a decirme que “ciencias sociales” y empezó a hablar del imperio romano y de Pipino “El Breve” fundador de la dinastía carolingia, padre de Carlomagno; otro afirmó que lo suyo eran los egipcios pero ni éste ni aquel sabían cuál era la capital de imperio romano o por dónde corría el Río Nilo, o sí, por el centro de Europa dijo alguno y secundó el otro.

Tras de mí, en la tribuna occidental del Atanasio Girardot una tarde que jugaba el DIM, dos hombres conversaban seriamente acerca de la causa que precipitó a tierra un avión colombiano procedente de Panamá, en tierras venezolanas: “Hermano, es que cuando tanquearon no le pusieron libras sino galones de combustible…por eso se le agotó y los pilotos no se dieron cuenta. Qué error tan m….dijo sorprendido el otro”.

Y frente a la televisión mi hermana, que poco sabe de fútbol, preguntaba una vez qué era el esférico tan mencionado por los locutores.

No tengo idea del nivel educativo de congresistas y senadores de la República, menos del de la inmensa mayoría de Alcaldes. Muchos de los ediles sí crean y otorgan títulos, imponen medallas a la vez que reciben diplomas ad honoren de prestigiosas instituciones de educación superior. Escucharlos resulta a veces una tortura por sus limitaciones en lengua materna, más aún si han adoptado el “discurso incluyente”, un mal menor ante su pobreza conceptual.

¿Qué decir de nuestros soldados y policías? Saben lo que tienen que saber y punto así sean “profesionales” y pongan en “jaque” a los otros Jofres, Gafas, Reyes que andan por ahí, por las selvas que unos esperamos conocer en su inmensidad y de las que otros no quieren volver a saber nada.

A mí no me sorprende la estatura intelectual de Jofre. Si ella representa “las graves fracturas ideológicas y políticas que tiene la guerrilla” tendríamos que concluir que las mismas están presentes en todos los ejemplos anteriores y que éstos son una muestra de la calidad educativa colombiana.

Me intriga mucho cómo llega el interlocutor desmovilizado a sostener que el petróleo se siembra como el maíz o el fríjol y al final de esta nota debo contar que no pude responderle la pregunta al estudiante de comunicación social, pero pienso que sí: uno puede bañarse en el triángulo de las Bermudas, pues si se desaparecen barcos y aviones lo más seguro es que no hay tiburones.